viernes, 29 de enero de 2016

DOGMÁTICOS ASOMBRADOS



"¡En manadas. Se mueven en manadas!"
Jurasic Park


El ser humano es un animal gregario. La sociabilidad es una constante en nuestra especie. Como mecanismo defensivo, como necesidad en busca de la rentabilidad de la caza en grupo o del intercambio de bienes y servicios, como expresión filosófica de la lucha interior contra la soledad. 
Otra cualidad que nos caracteriza es la búsqueda de la comodidad. Hemos evolucionado de la supervivencia al confort. También está en nuestra esencia la querencia fácil a refugiarnos en la seguridad de la cueva del dogmatismo. El enroque en nuestras propias posiciones, ideas y principios, la negación de la posibilidad de estar errados o de que la verdad del otro pueda serlo. Es nuestra tendencia natural y como seres morales deberíamos autolimitarnos a través del cultivo de la empatía.

De los varios tipos de dogmáticos que existen (agresivos, indiferentes, proselitistas, pesimistas, interesados oportunistas, impositores violentos, invasores expansivos, disfrazados de librepensadores (1), excluyentes, altivos y arrogantes soberbios acomplejados de superioridad, aplastantes presionadores, buenos constructores de argumentos falaces ("Vendedores" de ideas), apasionados creyentes, lectores de un solo libro, los que se toman como meta existencial convertir al prójimo y convencerlo o quemarlo en caso contrario, etc.)..
.. hoy me quedo con los "asombrados". Esos que no se explican cómo puede ser que los demás no vean tan clara la verdad como la ven ellos. Algunos de ellos se consideran a veces iluminados, premiados con ese don a diferencia del resto de la especie, elegidos.. Pero los peores son los otros, los que se tienen por normales, vulgares y ordinarios, e instalados en un cinismo incomprensible llegan a creer que en realidad todo el mundo ve la misma realidad que ellos pero no lo reconocen pues no les interesa. Al "¿Pero es que no lo veis?" añaden "Por algo será".

Se trata de esos a los que les gustaría un mundo sin oponentes, contrarios, adversarios, enemigos..otros. Uno poblado sólo por los suyos. Los acertados. Un mundo sin oposición. Sin discrepantes. O si los hay que estén callados. Un mundo uniforme y homogéneo. Lineal.. Y fácil de gobernar. 

Esos son los peores. Vigila. Pon atención.

No sea que seas uno de ellos.

(1) Un día habrá que abordar el curioso fenómeno de esta tipología tan curiosa que obliga a los demás a pensar como ellos exigiendo su adogmatismo, o de esos otros que bajo el disfraz de quien exige respeto a todas las ideas se violenta con quien no está de acuerdo con las suyas (verbi gratia el nacionalismo catalán). 



domingo, 17 de enero de 2016

EL SÍNDROME DEL DOGMÁTICO

“Con frecuencia utilizo la palabra historia para referirme a los pensamientos o secuencias de pensamientos que tenemos el convencimiento de que son reales. Una historia puede ser sobre el pasado, el presente o el futuro; sobre cómo deberían ser las cosas, como podrían ser o por qué son. Las historias aparecen en nuestra mente cientos de veces al día. Las historias son teorías que no han sido probadas ni investigadas y que nos explican el significado de estas cosas. Ni tan siquiera nos damos cuenta de que son teorías. ¿En qué medida tu mundo está construido por historias que no has examinado?”.


La mayoría de nosotros creemos que podemos cambiar lo que los demás piensan; de otro modo, no pasaríamos tanto tiempo en la vida dándole vueltas a “qué opinan los demás de nosotros” y tratando de mejorar su juicio sobre nuestra persona. Eleanor Roosevelt dijo: “Nadie puede hacer que te sientas inferior si tú no lo permites”. Esta afirmación pone el foco de atención hacia nosotros mismos y no en los demás; por ello, quizá el único pensamiento que precisa ser cambiado es la creencia de que “los demás deberían pensar diferente”.
Querer tener razón es la enfermedad crónica de la humanidad, seguramente una de las causas que han enfrentado más a las personas, las naciones y las religiones organizadas del planeta. La posesión de las personas por sus propias ideas es siempre una causa de sufrimiento. El problema, al consistir las creencias en “posesiones mentales” no visibles, ha sido buscar la solución a nuestras diferencias tratando de cambiar a los demás antes que examinar la causa real de los conflictos (la necesidad de tener razón).
En demasiadas ocasiones comprobamos cómo querer imponer nuestras razones y opiniones a los demás nos cuesta caro. Tal vez logremos desautorizar las ideas de alguien, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no. El resultado es que querer estar siempre en posesión de la verdad consume una gran cantidad de energía y tiempo que nos impide disfrutar de los demás y de la paz mental de saber que en el fondo todos tenemos nuestra propia lógica.
¿Es mejor tener razón a toda costa antes que ser feliz? Que cada uno responda esta pregunta con sinceridad.

Una creencia es algo a lo que te aferras
porque crees que es verdad”
Deepak Chopra

La perspectiva materialista o newtoniana del universo nos conduce acosificar todo con lo que entramos en contacto, ya sea algo material o inmaterial. Incluso lo no material, como un pensamiento, acaba tomando forma y se convierte en objeto de conflicto. Así, una idea o una creencia se acaban convirtiendo en una posesión, una propiedad, algo que debe ser defendido para que no perezca.
Todo pensamiento consciente, repetido durante un tiempo, se convierte en un programa mental invisible. Con el tiempo acumulamos opiniones, creencias, que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si lanzara un ataque personal, porque confundimos pensamiento e identidad. No parece sensato confundir lo que somos con lo que pensamos, pero esto no lo tienen tan claro quienes se aferran a sus creencias con desesperación.
Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias… pero que esas ideas y predilecciones le tengan a uno cautivo o secuestrado es una trampa. El libre pensamiento es una conquista humana, pero la libertad de opinión se convierte en una desventaja cuando las posiciones mentales impiden abrirse a nuevas perspectivas o puntos de vista que no concuerdan con las propias.
La pregunta ¿somos nuestras creencias? se responde con un rotundo no. Desde luego, tenemos convicciones, pero en esencia no somos lo que pensamos; a un nivel profundo y esencial, nuestras opiniones no pueden definirnos. Pero llegar a esta claridad no es sencillo ni rápido. De hecho, los conflictos del mundo son tanto disputas por pertenencias materiales (cosas) como por posesiones inmateriales (ideales). Cuando entendemos que tenemos una mente y la usamos, pero que no somos esta, nos liberamos de su contenido y nos autoexcluimos de cualquier conflicto y, por tanto, sufrimiento.
Todos mantenemos un diálogo interior que reafirma continuamente lo que creemos, y después nos pasamos la vida buscando personas y situaciones en las que encajen nuestras creencias para poder así reafirmarlas. El objetivo de toda creencia no es, como debería ser, contrastarse, sino validarse una y otra vez aunque sea a la fuerza. Estas creencias o historias mentales nocuestionadas acaban por suponer un problema: no tienen ninguna relación con la realidad. ¿Qué pasaría si no tuviéramos ningún criterio mental no validado que contarnos? Seríamos libres de la necesidad de dividir el mundo entre los que están de acuerdo y los que no lo están. Y sobre todo, no estaríamos condicionados por cosas que creemos, pero no son verdad.
O bien nos apegamos a los pensamientos, sin más examen, o bien los cuestionamos en busca de la verdad. No hay más opciones.
Cuando una creencia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Pero hay opiniones para todos los gustos, la diversidad construye el mundo, y aunque parezca extraño, hay personas que creen cosas muy diferentes a las que nos parecennormales. Ver las cosas desde distintas perspectivas no es fruto de un lavado de cerebro, sino de preferencias, cultura, contextos… Sin duda, aquellos que no esperan que todo el mundo esté de acuerdo con ellos gozan de una mayor tranquilidad mental, que es de lo que va la vida.
¿Pero cómo liberarse del apego a las creencias? No es el apego el problema real, sino la identificación. Pelear contra una creencia o un hábito no tiene sentido, es una lucha perdida. En cambio, dejar de identificarse con esa forma de pensar, cuestionarla, examinarla, soltarla, incluso sacrificarla, es el principio de la libertad o de cómo librarse de esta par­ticular tiranía.
No reaccionar con hostilidad a las ideas de los demás es una de las maneras más sencillas de superar el apego a las propias. Pero solo se puede no reaccionar a sus creencias si se entiende que estas no son su identidad, sino una posesión mental, que además siempre se puede cambiar por otra. Una vez más, todos tenemos opiniones y criterios, pero eso no significa que sean lo que somos. Cuando lo comprendemos, la distancia entre las personas es exactamente… cero.
Aceptar las ideas de otros es en realidad más sencillo de lo que parece. Basta con tener presente que aceptarlas no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo, ni que todo el mundo nos entenderá. Es más sencillo aceptarlos a ellos (aunque tal vez no sus ideas) porque no hacerlo complica la vida de todos. Resistirse, negarlos, es luchar, y vivir así es verdaderamente muy, muy difícil.
Una de las mejores maneras de persuadir
a los demás es escuchándolos”
Dean Rusk

El disgusto que sentimos ante las ideas que no nos son afines es proporcional al grado de apego que tenemos a las propias (o la poca disponibilidad para cambiarlas por otras). Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.
Para llevar todo lo anterior a la práctica sirve recordar que cada vez que alguien exprese una creencia alejada de las propias, y ello genere un cierto disgusto, podemos preguntarnos: “¿qué está sucediendo ahora en mi mente?”. Y “¿en qué parte de mi cuerpo siento el rechazo?”. No se trata de cambiar nada, sino simplemente de observar lo que sucede. La observación desapegada y neutral hará posible la aceptación.
Disponemos de una técnica para aceptar comportamiento y creencias ajenas, y se llama asertividad. Consiste en no reaccionar al pensamiento o comportamiento de los demás de forma vehemente, pero sí con autorrespeto y autoestima. Es decir, no adoptando una actitud defensiva o agresiva (ambas son el mismo error), sino reafirmando y expresando la posición personal sin tratar de imponerla al otro.
Y una palabra final: escuche. Escuchar con interés a las personas, aunque lo que digan esté en contra de la propia opinión, es la prueba máxima de la empatía, el respeto y la aceptación, claves todas ellas para la paz en el mundo. Escuchar a los demás les hace sentir valorados, entendidos, importantes. Tal vez eso sea todo lo que necesitan de verdad, y al conseguirlo podría ser que renunciaran a imponer sus opiniones y creencias.

Raimon Sansó
El País 17-1-16

Recomendable:
‘El combustible espiritual: cómo dejar de querer tener razón y empezar a tener paz’, Ari Paluch.(Planeta)


‘Amar lo que es’ Byron Katie. (Ediciones Urano)

sábado, 10 de octubre de 2015

E-REDUCCIONISMO

Por un momento estuve tentado de pensar que el bandismo empezaba a recular como expresión sociológica. Pero me equivocaba. Siempre aparecen fenómenos sorprendentes que recuperan lo peor de nosotros. Tal vez nunca se fue del todo y su contracción social solo fuera un espejismo. Tal vez sea un iluso y un confiado.

Porque me he dado cuenta de que hoy más que nunca asistimos a la materialización de uno de los peores bandismos. Por fácil y extendido: El reduccionismo en Internet.

Las redes sociales podían haberse convertido en el anhelado espacio para el intercambio y el enriquecimiento mutuo que muchos deseabamos. Sin embargo se han quedado simplemente en reflejo de lo que somos los humanos: una sociedad heterogenea en que la mediocridad y la simpleza campas por sus anchas. 

La mejor muestra es la práctica imposibilidad para mantener una conversación en público sobre un tema. Rápidamente aparecen en ella posicionamientos encontrados de manera polarizada y agresiva, trolls destructivos, aprovechados del anonimato, incapacitados para la empatía, etiquetadores y adjudicadores de bandos, intervinientes que creen que eres de los suyos en todo por compartir una idea (o dar un "me gusta") o que eres de los otros y por tanto sue enmigo en todo por manifestar un desacuerdo, etc.

No sabemos "dialogar" en vivo así que no se podía esperar otra cosa de hacerlo virtualmente.

De todos las "tics" que se repiten en ese campo el que menos soporto es la maniquea tendencia a la etiqueta y el reduccionismo simplificador. Esta es una clara herencia de otro fenómeno que ya hemos tratado: la obsesión por los "titulares" en prensa, por los "slogans" cortos, por los "tuiteos" de menos de 144 cacracteres".

Me duele ver retorcidos mis argumentos como lazos por los necios (Rudyard Kipling dixit) para llevarme a su terreno, usarme como fuente de autoridad respaldando alguna aberración con la que no estoy de acuerdo en absoluto, o contradecirme sin sus propias razones. Me duele explicar una idea compleja (que por esencia es rebatible y en eso está lo verdaderamente hermoso, y lo es por su complejidad que a menudo paga el precio de la precisión en términos de completa coherencia) y que alguien, para que pueda ser entendida por mentes simples como la suya, la reduzca a un slogan básico y generalizador del que se pueda decir "ah, ahora lo entiendo. Tu eres de los míos (o de los otros)". Las ideas complejas lo son precisamente porque no pueden traducirse a lenguajes simplificadores. El absurdo esfuerzo por encontrar en los casos complejos de abstracciones conceptuales una frase que los resuma las convierte en otra cosa. No todo es científico y racionalista y puede ser aplicado a todos los casos sin excepción como regla (Ni la excepción confirma nada). Si no entiendes algo, no lo entiendes. Punto. A mi me pasa a menudo. Y no por ello convierto el mensaje en algo distinto de lo que significa para poder entenderlo.

En un argumento de alguien con empatía e inteligencia pueden encontrar conexiones con las que simpaticen personas de distinto punto de vista. En una explicación puede haber coherencia interna sin que tenga que tenerla con un corpus de ideas que los simples a priori presumen conectadas a aquella por afinidad. Nada es absoluto (afirmación absoluta por excelencia) y todo tiene excepciones, matices, grises y tonalidades. La idea general llevada al detalle conlleva contradicciones sobre las que es enriquecedor hablar, y no son errores ni invalidan la hipótesis. 

No pasa nada por reconocer estar en parte de acuerdo con alguien y en parte no. Hace más amable y verdadero el debate.

Y ya.





miércoles, 30 de septiembre de 2015

CONMIGO O CONTRA MI

Un lector me preguntó el otro día por mi escepticismo político: mi falta de fe en el futuro y mi despego de esta casta parásita que nos gobierna, sólo comparable a la desconfianza que siento hacia nosotros los gobernados: sin víctimas fáciles no hay verdugos impunes. Siempre sostuve, porque así me lo dijeron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca serán libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier lobo hambriento, a cualquier manipulador malvado. También en torpes animales peligrosos para sí mismos. En lamentables suicidas sociales.

Hace dos largas décadas que escribo en esta página. También, en los últimos dos años, Twitter me ha permitido acercarme a lo más caliente de nuestro modo de respirar. Y no puedo decir que sea confortable. Inquieta el lugar en que una parte de los lectores españoles se sitúan: lo airado de sus reacciones, el odio sectario, la violenta simpleza -rara vez hay argumentos serios- que a menudo llegan a un desolador extremo de estolidez, cuando no de infamia y vileza. Cualquier asunto polémico se transforma en el acto, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el más elemental sentido común.

Destaca, significativa, la necesidad de encasillar. Si usted opina, por ejemplo, que a Manuel Azaña se le fue la República de las manos, no encontrará criterios serenos que comenten por qué se le fue o no se le fue, sino airadas reacciones que, tras mencionar el burdo lugar común de Hitler y Mussolini, acusarán al opinante de profranquista y antidemócrata. Y si, por poner otro ejemplo, menciona el papel que la Iglesia Católica tuvo en la represión de las libertades durante los últimos tres siglos de la historia de España, abundarán las voces calificándolo en el acto de anticatólico y progre de salón. Pondré un ejemplo personal: una vez, al ser interrogado sobre mi ideología, respondí que yo no tengo ideología porque tengo biblioteca. No pueden ustedes imaginar cómo llovieron, en el acto, las violentas acusaciones de que escurría el bulto «y no me mojaba». Y es que en España parece inconcebible que alguien no milite en algo y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Reconocer un mérito al adversario es para nosotros impensable, como aceptar una crítica hacia algo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectas viscerales heredadas, asumidas sin análisis. Odios irreconciliables. Toda discrepancia te sitúa directamente en el bando enemigo. Sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política, lo que no toleramos es la crítica, ni la independencia intelectual. O estás conmigo, o contra mí. O eres de mi gente -y mi gente es siempre la misma, como mi club de fútbol- o eres cómplice de la etiqueta que yo te ponga. Y cuanto digas queda automáticamente descalificado porque es agresión. Provocación. Crimen.
Qué fácil resulta entender, así, nuestra despiadada Guerra Civil. Si ahora no se dan delaciones y paseos por las cunetas, es sencillamente porque ya no se puede. Pero las ganas, el impulso, siguen ahí. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. La falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes. Pero no estoy seguro. Esa saña que lo mismo se manifiesta en una discusión política que entre cuñados y hermanos en una cena de Navidad es tan española, tan nuestra, que me pregunto quién nos metió en la sangre su cochina simiente. Desde ese punto de vista, el español es por naturaleza un perfecto hijo de puta. Por eso necesitamos tanto lo que no tenemos: gobernantes lúcidos, sabios sin complejos que hablen a los españoles mirándonos a los ojos, sin mentir sobre nuestra naturaleza y asumiendo el coste político que eso significa. Dispuestos a decir: «Preparemos al niño español para que se defienda de sí mismo. Eduquémoslo para que conviva con el hijo de puta que siglos de reyes, obispos, mediocridad, envidia, corrupción, violencia, injusticia, le metieron dentro».   

Arturo Pérez-Reverte 

Patente de Corso

miércoles, 23 de septiembre de 2015

ENCUESTAS PRECOCINADAS



Además de que me ha decepcionado mucho a lo que ha quedado reducida la supuesta "interactividad" que nos prometieron cuando llegara la televisión y la radio digital es que todos sabemos que son mentira.

Ya es triste que con todas las posibilidades de participación directa que brinda la "digitalización" mediante la conexión a Internet la única forma en que esta se ha materializado son las encuestas online en directo durante los programas. Denota una inconmensurable falta de originalidad por parte de los productores televisivos. Lo cual no es ninguna sorpresa a la luz de los guiones de las series y el mercadeo de programas entre cadenas y países. Otras decepcionantes formas de participación directa de los tele espectadores son las fotos que se mandan a los espacios meteorológicos o las preguntas que se remiten a los programas vía twiter. Penoso por mínimo en cuanto a explotación de posibilidades. 

Pero hoy me centro en esos porcentajes que se desplazan por la parte inferior de la pantalla hacia la izquierda en todos los programas televisivos. Se ha convertido en costumbre, vaya de lo que vaya el programa, abrirlo haciendo una pregunta al público sobre el tema del día (o no) ofreciendo la opción de dos posturas a las que adherirse a lo largo de la duración del programa. Los espectadores pueden llamar por teléfono para posicionarse (por teléfono a estas alturas) marcando uno u otro número según sea una u otra su opinión. De esa manera se suman las llamadas y se calculan los porcentajes de apoyo a una u otra alternativa. En los casos más avanzados se hace mediante encuesta en facebook o alguna aplicación en la web de la cadena. No me he fijado pero además casi seguro se tratará de llamadas de cobro. Eso sin contar lo engañoso que es hablar en porcentajes claro. Siempre queda mejor decir el 70% de las llamadas que "siete llamadas de las 10 que hemos recibido". Parece que llama más gente. Patético.

Muchas son las causas para la crítica antibandista en esta práctica.

La primera de ellas la propia formulación e incluso la redacción de la pregunta. Claramente tendenciosas en la mayor parte de las ocasiones. Con ellas la cadena solo quiere lograr demostrar su propia tésis y contribuir al reforzamiento del cororativismo confortante de los "espectadores de una sola cadena" (parafraseando al clásico que para referirse a los fanáticos religiosos los llamó "lectores de un solo libro"). 

Ahí están las Intereconomías de uno y otro signo haciendo preguntas del tenor de ¿Está usted de acuerdo con que se mancillen los derechos de los que no quieren ser tratados como...etc? para poder presentar a sus audiencias luego aplastantes guarismos cuando dicen: el público es sabio, el 89% se posiciona en contra de ... (Me pregunto quien compone el otro 11%. Imagino que trolls varios. Claro que también me pregunto quien saca tiempo para llamar para esas chorradas).

Otro motivo para la crítica es que la práctica está demostrado que estas encuestas no sirven para lo que deberían. En mi opinión deberían ser la demostración del sentido crítico de los individuos. Mostrar lo que de verdad piensa la gente tras una reflexión documentada sobre cada tema (para lo que está el programa correspondiente), ayudar a formar opinión propia. Sin embargo en realidad sirven más para reforzar la pertenencia a un grupo concreto, detectar al disidente y hacerle sentir incómodo hasta entre las cifras de las minorías, fidelizar a la cadena por sentirse a gusto entre los que piensan como tú, etc.

Y la mejor prueba de lo que digo es lo previsible de los resultados. Cualquier analista aficionado acierta antes de arrojar el resultado estadístico al final del programa solo con ver el sesgo de esta y la propia pregunta. Casi se pueden hacer apuestas sobre el grado de exactitud del acierto. Y lo que es peor aun; Esa exactitud responde en la mayor parte de los casos a que la gente se posiciona en este tipo de encuestas por lo que dicen los míos (argumentarios machacados hasta el aprendizaje memorístico y la repetición acrítica) o lo que se espera que digan dada "nuestra" trayectoria anterior sobre este u otros temas parecidos. NUNCA se posiciona (la mayoría en términos estadísticos, siempre hay excepciones) por opinión personalmente creada y desconectada del resto del cuerpo doctrinal de su facción o bando. La gente no llena esas estadísticas con su opinión sino con lo que le han dicho que piense o lo que pensamos los mios (que son dos formas de decir lo mismo). 

Si en un programa se pregunta ¿Cree usted que el Papa ha hecho los suficiente sobre tal tema? o ¿si ha actuado el gobierno adecuadamente en tal otro? sería posible hacer la pregunta así, tal como yo la acabo de redactar, porque  a los católicos les daría igual el tema de que se tratara y muchos de ellos dirían que sí fuera cual fuera (igual que los anticlericales dirían que no) y los votantes del PP responderían afirmativamente sin saber de qué se estaba hablando igual que los de los otros partidos dirían que no. 

Es más, estoy seguro de que la mayor parte de los que llaman a este tipo de cosas son siempre los mismos y opinan siempre en a misma dirección esperable. E incluso sospecho que hay personas que se creen en el deber, que se sienten en la obligación de llamar para dar fuerza a su postura (no la suya, la de "los suyos") para que el porcentaje de apoyo a su tesis "gane" ese particular concurso. Auténticos legionarios de las encuestas televisivas.

Eso si son verdad y en realidad llama alguien. Que me cabe seriamente la duda de que no sea simplemente una excusa para dar datos y rellenar, y que detrás no haya llamada alguna ni respuesta por parte de los telespectadores.

Triste.

Y ya.



jueves, 13 de agosto de 2015

LOS "TODOONADISTAS"

¡NO NOS QUERÉIS!

Ciertamente, ya ha empezado la campaña electoral para las elecciones del 27 de septiembre y, como era previsible, como en realidad ya se pensó al hacer la convocatoria, el único tema de debate es el encaje o la desconexión. Si Cataluña puede continuar siendo una parte de España o si desea abandonarla. Como era previsible, también, ya han empezado las descalificaciones personales y las acusaciones de traición.Un buen amigo de Madrid, bohemio, heterodoxo y libertino, a pesar de las virtudes que le adornan, ya nos ha anunciado a cuantos no compartimos la visión más rancia de España que nos espera un fusilamiento al amanecer. Joan Rigol, a quien respeto, ha excomulgado oficialmente a todos sus viejos compañeros de Unió Democrática: buscar una tercera vía es debilitar la voz de Cataluña. Raül Romeva ha recibido palos de sus camaradas, de los mismos que le votaron con entusiasmo para llevarle al Parlamento Europeo. Un querido discípulo escribe sin matices sobre “la mayoría social del sí-sí” y abandona sin cautela alguna, a pesar de su deseo de que tras las elecciones reine un diálogo “transversal”, el rigor que le caracteriza en otras actividades. En Madrid, el ambiente anticatalán es irrespirable. Lo lamento mucho. Lo lamento porque yo también soy madrileño. Por razones muy íntimas y por motivos más filosóficos. Soy madrileño como Hemingway, y de Barcelona, Cartagena, Lérida, Alicante y demás ciudades que sufrieron durante la guerra los bombardeos criminales de la aviación germano-italiana sobre la población civil. En Barcelona, pero sobre todo en Vic y en otros lugares perdurablemente carlistas, el ambiente antimadrileño es también irrespirable. Lo lamento, también, mucho, porque Barcelona no se merece la condena de encerrarse en sí misma que algunos reservan para ella.
Continuaré a pesar de todo con mis esfuerzos para promover el diálogo y aceptaré, si recibo la propuesta, una cátedra honorífica y no retribuida en una institución de Madrid. De la misma forma que ya presido una entidad española, escogido por mis consocios del conjunto de España. Y continuaré llamando España a España, sin utilizar el grosero sustituto de “Estado español”, el eufemismo nacional sindicalista de triste recuerdo. Igual de triste que el término “Estado catalán”, asociado a los pelotones uniformados de Dencàs y de Badía. El fascismo del conjunto de España y el fascismo específicamente catalán fueron partidarios de la palabra “Estado” para la denominación de un territorio. Mala señal.
El diálogo entre Castilla y Cataluña es uno de los ejes vertebradores de España y la vía de ofrecer un ejemplo de diálogos bilaterales y multilaterales susceptible de dar fuerza y vigor a la España cervantina y liberal, consciente de su pluralidad.
Pero esto es harina de otro costal Hoy lo que me preocupa es el agotamiento del diálogo interno catalán. Cada vez nos comunicamos menos y cada vez nos tiramos más trastos a la cabeza. Lo más relevante es que ya casi no nos escuchamos, con contadas excepciones procedentes, sobre todo de itinerarios personales ligados al pensamiento. El adversario es el conciudadano que no piensa como tú. Tú, que has llegado a la creencia definitiva de tu vida, aunque este feliz alumbramiento fuera sólo hace dos días. A pesar de los años en que hayan o hayamos sido compañeros de viaje. Ahora ya no: o la adhesión o las tinieblas exteriores y, con ellas, el llanto y el crujir de dientes. Vamos así haciendo más largas las listas de traidores. Me has escrito “deja de nadar entre dos aguas”. Momentos de simplificación y de frases hechas. Quiero un país en el que cada día haya helado de postre… No toleraré que los catalanes modifiquen el régimen de hacienda autonómico… Habla sólo en esta lengua… Habla sólo en esta otra…
A los librepensadores, enemigos del todo o nada; a los federalistas, hijos de Pi i Margall y de su idea de pacto; a quienes no tenemos problemas de identidad y a quienes pensamos que el mundo necesita de todas nuestras fuerzas para frenar a los enemigos de la paz y del progreso, nos molesta que quieran excluirnos del escenario. No nos quieren los de la España calderoniana y aburrida porque ponemos en solfa su modelo de país uniforme. No nos quieren los de la Cataluña vicense y montserratina porque gozamos de un sentido del humor que ellos no han tenido nunca. Unos y otros suspiran porque nos callemos, pero no lo haremos. Entrelazaremos nuestras manos con todos los “terceristas” y llevaremos al Parlamento a electos no dogmáticos, inteligentes, divertidos y negociadores. Gente de diálogo. Capaz de leer a Pla y a Vázquez Montalbán, a Espriu y a Maragall, a Vicens Vives y a Madariaga.
Los “todoonadistas”, si me disculpáis la expresión, no nos queréis, os estorbamos en vuestra guerra particular de exclusiones mutuas. Cada día nos declaráis fallecidos a los terceristas. Y no es verdad. Y tenemos una ventaja sobre vosotros: hablamos siempre en positivo, porque nuestra aspiración es fraternalmente republicana.

Joan Francesc Pont

jueves, 6 de agosto de 2015

USA Y SU SOFT-BANDISMO


La concepción del mundo de los norteamericanos siempre me ha fascinado. Particularmente su visión política. No soy un gran conocedor, adelanto. Y me guío por meras impresiones. No pretendo otra cosa ni mayor alcance. 

Tengo la percepción de que como sociedad se trate de una comunidad con facilidad para ser influida por el bandismo. Un grupo humano, que aunque sumamente variopinto, parece, a tenor de lo que ha demostrado en su historia, fácilmente manipulable por sus clases dirigentes.

Su visión de las relaciones internacionales es claramente bandista y su lema bien podría ser "O conmigo o contra mi". Eso parece indicar por ejemplo la facilidad para poner nombres gráficos a sus enemigos ("El eje del mal", "Los Rojos", etc.) o de personificar históricamente los odios de toda una nación en personas concretas (Fidel Castro, Ho-Chi-Minh, Bin Laden, Gadaffi, Sadam Hussein..). Técnicas ambas de manual de primero de bandismo.

Sin embargo internamente me parecen un país sumamente maduro con tics antibandistas muy envidiables. Por ejemplo me asombra la gestión educativa, social, política e histórica de su guerra civil y me maravilla su sentimiento patriótico por encima de opiniones y adhesiones políticas u orígenes geográficos.

El mas atractivo de los aspectos de su soft-bandismo es para mi su sistema parlamentario, constituido como el europeo por un bipartidismo de dos grandes fuerzas ideológicas en las que se alinean los votantes, pero con varias inmensas diferencias.

En primer lugar el sistema político americano es eminentemente individualista y no tan marcadamente polarizado en dos grupos enfrentados como por ejemplo lo era hasta hace poco en España. Es decir, en Estados Unidos los políticos son individuos en los que los votantes confían a título personal antes que por el hecho de pertenecer a uno u otro partido. No se vota tanto, según tengo entendido, a demócratas o republicanos como al sujeto concreto, quien está alineado en uno u otro partido lógicamente pero lo está por motivos de presentación ante el votante de manera gráfica, organización, busca de apoyos en los lobbies, y , por supuesto, por ideología

En segundo lugar porque está mucho más asentada que en Europa la idea de libertad individual. Un político electo pongamos por ejemplo republicano puede apoyar una iniciativa demócrata y a nadie extraña. Un norteamericano medio puede sin pestañear votar para gobernador de su estado a un político demócrata y para presidente de su país a uno republicano o al revés. Es normal. Y muy maduro desde mi punto de vista. 

En tercer lugar porque los norteamericanos tiene claro que la lealtad se la deben los políticos a sus electores, a su circunscripción, antes que a su partido (que es algo meramente instrumental) y por tanto a veces se dan votaciones críticas (que en España serían tachadas de desleales) contra propuestas hechas por un gobierno de tu mismo color político si crees que van contra los intereses de tus ciudadanos, tu estado, tu circunscripción, etc. No es difícil ver desacuerdos entre personas del mismo partido. La disciplina no opera como aquí entre sus filas (o no tan descaradamente). Allí parece impensable, por ejemplo, una figura asumida y aceptada en España como es la sanción por saltarse la disciplina de partido. Allí no hay que crear figuras artificiosas como la objeción de conciencia para tener que justificar un pensamiento diferente en lo interno. Además no están tan marcadas las lealtades partidarias y los votantes cambian de simpatías con frecuencia más por la persona que por el partido. Allí no se cuenta con el voto de uno de los tuyos porque si. Hay que asegurarselo para sacar una iniciativa política adelante. Hay que negociarlo.


En cuarto lugar me gusta su sistema de primarias (o lo que nos llega hasta aquí de él). Un sistema en el que se sacan los ojos durante la campaña (se sonríen mientras sus fontaneros trabajan para sacar los trapos sucios del otro) y, al día siguiente, muestran lealtad inquebrantable al ganador. Deportivamente.

Maduros para algunas cosas estos gringos.

Y ya