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lunes, 9 de febrero de 2015

EL PATIO DEL COLE

(O "De como sentir vergüenza ajena", .."Y es que son como niños".. "Patetismos".. No se. Elige el título tu mismo)

El Pais
Opinión

Borja Hermoso lo escribe y yo lo suscribo

"Don Pantuflo y El Coletas. Y esto es lo que hay en el lugar llamado España, donde lo catódico es solo un fiel espejo de la evidencia circundante, centrífuga y centrípeta: un país de cabreros, como dice Marsé y como dijo Gil de Biedma y eso, a estas alturas de curso, tiene mala solución. Al que nace barrigón es inútil que lo fajen.
Con lo cual, tampoco nos escandalicemos tanto con las consecuencias televisivas de tanta mala hostia y tan poca educación. En la charla nos interesa bastante más lo que diremos cuando acabe el otro que lo que dice el otro, independientemente de lo que diga el otro. De ahí pasamos al diálogo de besugos, especialidad hispano-española, a la hipérbole vehemente y a la falta de argumentos. El cóctel de las tres nos lleva directamente a la gracieta barata y al insulto impotente, y de ahí derechitos al Duelo a garrotazos de Goya, alguien al que le sobraban argumentos y por eso pintaba cosas así, cosas que llamamos pinturas negras pero que son luminosas, pura luz sobre nuestra fatalidad celtibérica. Como este intercambio el otro día en laSexta noche, pseudodebate de actualidad reconvertido en lanzallamas de banalidad y patraña y convenientemente empaquetado para confundir (más) al votante. El chou fue entre el cómico Eduardo Inda y el cómico Pablo Iglesias, empeñados en hacer de Faemino y Cansado, pero el especial de Nochevieja ya pasó, oigan:
Pablo Iglesias: ¿Puedo hacerte una pregunta?
Eduardo Inda: Las preguntas las hago yo, Pablo.
P. I.: Es pequeñita, una solo.
E. I.: Sí, las que quieras.
P. I.: Me han contado, no sé si es verdad, que te llamaban Don Pantuflo.
E. I.: No sé, ni idea.
...
P. I.: O sea, que lo de que te llamaban Don Pantuflo es verdad, por la cara que has puesto.
E. I.: A ti te llaman El Coletas y no pasa nada...
Y eso es lo malo: que no pasa nada. Estos dos cómicos, cada uno con su deprimente estética, —camisas imposibles/medio metidas/medio sacadas/si pero no/ porque soy rojo pero también socialdemócrata en el caso del uno, y nudos de corbata orondos, genoveses y estrangulantes, grotescos en el caso del otro— seguirán divirtiendo al personal con sus ocurrencias hasta que el cuerpo aguante, que aguantará, ya lo verán.
Es la cruda realidad de una televisión generalista hecha de jirón y zarpazo, sin discurso, invertebrada como la España invertebrada, más carne para la termomix. Pero no se preocupe, lector televidente: todo es lógico y coherente. Si triunfan Jorge Javier y Belén Esteban, ¿por qué no dar una oportunidad a Don Pantuflo y a El Coletas? Al fin y al cabo, estamos hablando de lo mismo: nutrientes para las bajas pasiones, share, mentira, asco."

lunes, 1 de diciembre de 2014

¡¡POSTRAOS MISERABLES, ADORAD AL BECERRO DE ORO DE LAS AUDIENCIAS!!


Algún día nos arrepentiremos de haberles dejado hacerlo. Y entonces nos daremos cuenta de que sin nosotros no hubieran podido y que fuimos sus cómplices necesarios. Y no habrá marcha atrás. Surgieron por nuestra culpa y los mantuvimos ahí. Colaboramos en su infamia. No eran nada y los aupamos. Y montaron la que montaron. Y si no al tiempo.

Una nueva calaña periodística que jamás se guió por servir a la verdad sino a la más cutre de las motivaciones: la pasta. 

El mecanismo era simple y reconocible: Las televisiones querían ganar dinero. Cuanto más mejor. Para ello debían lograr anunciantes que les pagaran. Estos querían que sus productos se vieran por el mayor número de personas. Necesitaban reclamos que aumentaran audiencias. Lo normal.. Esa será la excusa que nos pongamos cuando miremos atrás dentro de unos años. La pescadilla que se muerde la cola.

Entonces unos cuantos avispados se dieron cuenta del chollo. Si doy espectáculo me llamarán a mi y me pagarán una pasta por programa. Me disfrazaré de periodista serio. Me haré imprescindible y me tendrán que seguir llamando. ..
Y la mejor forma para hacerlo será polarizar, tensionar, cabrear al personal, haciendo que se posicione o conmigo o contra mi. Mentiré, difamaré, da igual.. Me forraré. Y eso lo justifica todo.

Ocuparon nuestras conversaciones. Les dimos fama. Los dejamos guiarnos y los convertimos en gurús a los que seguir en sus opiniones. Nos cabreamos entre nosotros siguiendo su plan, sus directrices,..usando sus frases.

Por el camino quedó el periodismo, la verdad..

Y nos posicionaron (y nos dejamos posicionar) unos contra otros, en bandos claros y reconocibles. Enemigos enfrentados que se odiaban al dictado de lo que nos iban diciendo estos profesionales del cabreo y la insidia. Y un día aquello estalló tal era el grado de cabreo que se había generado. Y ya no hubo remedio ya que no supimos verlo a tiempo y pararlo aunque estaba en nuestras manos.

(Para más abundamiento sobre el tema)

viernes, 23 de mayo de 2014

PERIO-BAN-DISMO

"Hace medio siglo recibí la más importante lección de periodismo de mi vida. Tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, empecé a frecuentar la redacción en Cartagena del diarioLa Verdad. Estaba al frente de esta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones locales en los diarios de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, para foguearme, y un día que andaba escaso de personal me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad sobre un asunto de restos arqueológicos destruidos. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un político quizás era demasiado para mí, y que tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en el respaldo de la silla, encendió uno de esos pitillos imprescindibles que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca: “¿Miedo?... Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.
Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Ninguna de la media docena de certezas, de lecciones fundamentales que he ido adquiriendo con el tiempo, supera esas palabras que un viejo zorro de redacción dirigió a un inseguro aprendiz de periodista: Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas magníficas palabras. En esa declaración segura de sí, casi arrogante, formulada por un humilde redactor de provincias.
Miedo, es la palabra. No hay otra. O al menos, no la conozco. Miedo del alcalde correspondiente, o su equivalente, ante el bloc y el bolígrafo, o lo que los sustituya hoy, manejados por una mano profesional, eficaz y honrada en los términos en que el periodismo puede considerarse como tal. He escrito alguna vez, recordando siempre a Pepe Monerri, que el único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo. En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, como instrumento, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles.
Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer este, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, casi ha desaparecido. Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. Lo peligroso, lo terrible, es que no se trata esta vez de camisas negras, azules, rojas o pardas, fácilmente identificables. La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática. Pero el hecho es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el miedo a comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos y sus equipos, no los periodistas desde la libertad, quienes establecen el formato. Como si hubiera, además, que agradecerles la concesión. Y la sumisión de los periodistas, y de los jefes de esos periodistas, que aceptan ese estado de cosas sin rebelarse, sin protestar, sin plantarse colectivamente, con gallardía profesional, frente a la impune soberbia de una casta a la que, en vez de dar miedo, dan, a menudo, impunidad, garantías y confort.
Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero. Y nunca se ha visto tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se topa con la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo correspondiente, la Iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez. Y en pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Y ese parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Solo convencerlo. Adoctrinarlo.
España es un lugar con una larga enfermedad histórica que se manifiesta, sobre todo, en un devastador desprecio por la educación y la cultura, y una siniestra falta de respeto intelectual por quien no comparte la misma opinión. Por el adversario. Siempre creí, porque así me lo enseñaron de niño, que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso con urnas, nunca hay democracia sin votantes cultos y lúcidos. Y que los pueblos analfabetos nunca son libres, pues su ignorancia y su abulia política los convierten en borregos propicios a cualquier esquilador astuto, a cualquier manipulador malvado. A cualquier periodismo deshonestamente mercenario.
Y así, con frecuencia, aquí todo asunto polémico se transforma, no en debate razonado, sino en un pugilato visceral del que está ausente, no ya el rigor, sino el sentido común. Apenas existe en los medios españoles un debate solvente político, social o cultural merecedores de ese nombre, sino choques de posturas. Diálogos de sordos, a menudo en términos simples, clichés incluidos, de derecha e izquierda. La presencia de nuevas formaciones políticas que buscan espacios distintos no varía la situación. Se sigue buscando situarlas en uno u otro de los tradicionales, como si de ese modo todo fuese más claro. Más definido. Más fácil de entender.
Destaca, significativa y terrible, la necesidad de encasillar. En España parece inconcebible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no odie cuanto quede fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Porque se trata exactamente de eso: adversarios, bandos, sectarismos heredados, asumidos sin análisis. Toda discrepancia te sitúa como enemigo, sobre todo en materia de nacionalismos, religión o política. Me pregunto muchas veces de dónde viene esa vileza, esa ansia de ver al adversario no vencido o convencido, sino exterminado. Y quizá sea de la falta de cultura. De ciudadanos simples surgen políticos simples, como los que muestran esos telediarios en los que, al oír expresarse a algunos políticos casi analfabetos (y casi analfabetas, seamos socialmente correctos), te preguntas: ¿Por quién nos toman? ¿Cómo se atreven a hablar en público? ¿De dónde sacan esa cateta seguridad, esa contumaz desvergüenza?... Sin embargo, la falta de cultura no basta para explicarlo, pues otros pueblos tan incultos y maleducados como nosotros se respetan a sí mismos. Quizá esa Historia que casi nadie enseña en los colegios pueda explicarlo: ocho siglos de moros y cristianos, el peso de la Inquisición con sus delaciones y envidias, la infame calidad moral de reyes y gobernantes.
Pues bien. Ese “conmigo o contra mí” envenena, también, las redacciones. Los veteranos periodistas recordarán que en los años de la Transición, y hasta mucho después, la línea ideológica, el compromiso activo de un medio informativo, los llevaban el quipo de dirección, columnistas y editorialistas, mientras que los redactores y reporteros de infantería, honrados mercenarios, eran perfectamente intercambiables de un medio a otro. Un periodista podía pasar de Pueblo al Arriba, a Informaciones, a Diario 16 o a El País con toda naturalidad. Incluso redactores de El Alcázar, la ultraderecha de la derecha, tuvieron vidas profesionales en otros medios. Ahora, eso es casi imposible. Las redacciones están tan contaminadas de ideologías o actitudes de la empresa, se exige tanta militancia a la redacción, que hasta el más humilde becario que informa sobre un accidente de carretera se ve en la necesidad de dar en su folio y medio un toquecito, una alusión política, un puntazo en tal o cual dirección, que le garantice, qué remedio, el beneplácito de la autoridad competente. Y ya que hablo de sucesos, está bien recordar que hasta los sucesos, los accidentes, las desgracias, son tratados ahora por los medios, a menudo, según el parentesco político más cercano. Según sea la militancia de los responsables reales o supuestos. Y a veces, hasta de las víctimas.
Apenas hay periodismo político real en España, sino declaraciones de políticos y cuanto en torno a ellos se genera. Raro es el trabajo periodístico que no incluye declaraciones de políticos a favor o en contra, marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Hasta el silencio de un presidente o un ministro se considera noticia de titulares de prensa. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en la prensa local del más humilde pueblo español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento. En mi opinión, las horas que un tertuliano de radio o televisión dedica en España a analizar la mecánica interna de los partidos no tienen equivalente en el mundo democrático
Todo eso agota al lector, al oyente, al telespectador. Lo aburre y lo expulsa del debate, haciendo que vuelva la espalda a la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo. Tampoco ayudan a ello las voces que en ocasiones el periodismo pone sobre la mesa, como algunos tertulianos y opinadores profesionales alineados con tal o cual postura, o que han ido readaptándola cínicamente en los últimos 40 años, de modo que antes de que abran la boca ya sabes, según el individuo y el momento, lo que van a decir. Del mismo modo que reconoces tal o cual emisora de radio, en el acto, por el tono de sus intervinientes, aunque ignores el nombre de estos. Igual que con alguien en la calle, a los pocos minutos de conversación, sabes exactamente que periódico lee o que emisora de radio escucha.
Para cualquier lector atento de varios medios, es evidente que el periodismo en España se ha contaminado de ese ambiente enrarecido, de ese sesgo peligroso que tanto desacredita las instituciones en los últimos tiempos y del que son responsables no solo los políticos, ni los periodistas, sino también algunos jueces demasiado atentos a los mecanismos de la política, el periodismo y la llamada opinión pública. Y tampoco la crisis económica contribuye a las deseadas libertad e independencia. La inversión publicitaria pasó de 2.100 millones de euros en 2007 a menos de 700 en 2013. Eso aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos, y el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio peligroso. Por sus propios problemas, algunos medios deciden no ir contra nadie que tenga poder o dinero. Y surge otro serio enemigo del periodismo honrado: la autocensura. Cuando el redactor jefe, en vez de animarte, te frena. Nos gusta ver en las películas cómo periodistas intrépidos consiguen la complicidad y el aliento de sus superiores; pero eso, aunque por fortuna ocurre a veces, no es aquí el caso más frecuente. No se practica con igual entusiasmo en las redacciones, más atentas a notas de prensa de gabinetes que a patear el asfalto. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones.
Supongo que habrá soluciones para eso. Posibilidades de cambio y esperanzas. Pero no es asunto mío buscarlas. No soy sociólogo, ni político. Apenas soy ya periodista. Solo soy un tipo que escribe novelas, que fue reportero en otro tiempo. Y hoy, puesto que aquí me han emplazado a ello, traigo mi visión personal del asunto, parcial, subjetiva, que pueden ustedes olvidar, con todo derecho, en los próximos cinco minutos. La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para hacer posible un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes que sin duda serán abordadas por quienes aún creen que solo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Esa es, y será siempre, la verdadera épica del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información pagando el precio del riesgo, en batallas que pueden perderse, pero que también se pueden ganar. Haciendo posible todavía, siempre, que un alcalde, un político, un financiero, un obispo, un poderoso, cuando un periodista se presente ante ellos con un bloc, un bolígrafo, un micrófono o lo que depare el futuro, sigan sintiendo el miedo a la verdad y al periodismo que la defiende. El respeto al único mecanismo social probado, la única garantía: la prensa independiente que mantiene a raya a los malvados y garantiza el futuro de los hombres libres."
Arturo Pérez Reverte
EL PAIS - Sociedad
22-5-14

Sobre miedo, periodismo y libertad

martes, 25 de septiembre de 2012

Las denuncias bandistas de hoy:

http://blogs.elpais.com/ojo-izquierdo/2012/09/el-diablo-se-viste-de-federalismo.html 

Se califican por si mismos (los unos y los otros). Si se limitaran a escupirse entre ellos .. pero es que nos quieren meter en medio (o mejor dicho atraernos a su bando).

Claro que esta otra...

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/09/24/espana/1348493725.html 

No se que es peor si las declaraciones de los ex-militares o "El mundo" con la redacción de los titulares. 

Pero ¿que necesidad hay de generar este mal ambiente?¿a quien beneficia?

martes, 11 de septiembre de 2012

RIZANDO EL RIZO: EL CASO ARCADI ESPADA,
UN "ANTIBANDISTA" POLEMISTA

Pues ya que hablamos de periodistas que generan polémica me gustaría hacerlo de Arcadi Espada. He de confesar que las primeras veces que leí algo suyo o que le oí hablar no me gustó su manera de expresarse. Tenía un punto de soberbia y agresividad que siempre me han molestado en un periodista. Sonaba dogmático. Incluso en sus silencios y en la tranquilidad y moderación de sus planteamientos, sus respuestas y su tono había algo de prepotente. No ocultaba su intención de generar polémica con los temas que abordaba y el prisma desde el que solía (y suele) hacerlo. La forma de responder a otros contertulios y oyentes le hacían un poco antipático.
Sin embargo con el tiempo he aprendido a apreciar su especial estilo. A veces estoy de acuerdo con él en lo que sostiene y otras sus principios me parecen completamente erróneos. Eso es magnífico. Se llama diversidad de opinión.

Sin renunciar a reconocer que le gusta adoptar la pose de “independiente a toda costa” valoro que realmente lo sea en el fondo. Sé que aprecia ese tono polemizador por encima de otras cosas, pero creo sinceramente que no por encima de lo que piensa que es la verdad en cada momento y sobre cada cosa, ni por encima de su autonomía. En eso se diferencia de “polemizadores” amarillistas que valoran la polémica en sí misma por encima de sus principios hasta el punto de cambiar estos (acentuandolos generalmente) para aumentar aquella. Arcadi Espada exagera sin duda un poco su pose pero no tanto para generar bandos como a veces para hacer ver al receptor sus incoherencias o la falta de base de sus postulados (los del lector u oyente que le critican sus opiniones.)

Llamo a la entrada “Rizando el rizo” porque Arcadi Espada logra una cosa difícil. 
Por una parte asume ese perfil autónomo de cualquier bando y emite opiniones independientes incluso entre ellas (no formando parte del corpus de ideas de una corriente o tendencia, sino las suyas propias sobre cada tema). Así es posible encontrarle discutiendo de manera furibunda a un nacionalista catalán su independentismo y al día siguiente hablando con naturalidad del hecho diferencial catalán. Y hacerlo con coherencia entre ambos mensajes y sin que estén reñidos entre ellos. Pero sobre todo sin necesidad de representar ninguna corriente o facción.
..Y por otra parte ser un periodista polémico que genera pasiones (en contra, pues los que le seguimos solemos ser más moderados que los que le critican).

Arcadi Espada es un acentuado “antibandista”, si es que ese término cabe y no es una contradicción en si mismo, pues no solo no se arrima a ninguno de los bandos, y denuncia por igual a unos y a otros, y a sus pueriles juegos para mantenernos cabreados, sino que señala el bandismo mismo de las instituciones y el sistema. Para mí la mejor prueba de su autonomía como periodista es el haberse granjeado opositores en todos los puntos del arco político.

Pero lo que más me gusta es cómo su independencia descoloca a los bandistas, quienes, por esencia, necesitan tener a la gente bien clasificada para saber si son de los suyos o de los otros. Y Arcadi es muy difícil de encasillar. Los más simples de sus “críticos” pecan precisamente de no serlo (en su sentido de análisis inteligente de sus opiniones) y en su imbecilidad caen en simplezas que llegan a ser ridículas:
Arcadi tiene un fuerte acento catalán y eso confunde a menudo. Hay idiotas que identifican esto con el nacionalismo (no uno ni dos imbéciles, los hay a patadas) y, sin escuchar sus posturas, critican los excesos del nacionalismo vociferando contra él en antena (repitiendo a menudo argumentos que instantes antes ha defendido el mismo periodista). Él, en las decenas de ocasiones en que esto le ha pasado, siempre contesta lo mismo:

-¿Pero ha escuchado usted algo de lo que he dicho?

Pero el acento ciega a los idiotas (está comprobado por el famoso experimento “Zukkerd” de la universidad de Lovaina)

Lo que menos me atrae es su afición por generar a veces tensiones con los exaltados y radicales. Eso tiene un punto bandista. Sin embargo me gusta oírle y leerle a ver con que me sorprende cada día. Porque una cosa hay que reconocer: es tan polemista como independiente, y a veces da la sensación de que se plantea los temas o las respuestas que da, pensando .. “a ver como descoloco hoy a los bobos”. 
Valoro su forma de plantearlos pues es equilibrada (en cuanto al fondo) y te deja el hilo abierto para que tú te generes tu propia opinión que él respeta. Propone temas y reflexiones desde un punto excesivo e incluso escandaloso como método “mayeutico” de hacer que el oyente piense, se haga preguntas y se dé sus propias respuestas. Y es consecuente y valiente en la defensa de sus propias posiciones.

Atención al ejercicio de bandismo que se hizo con él en esta cocasión.




martes, 4 de septiembre de 2012

MEJIDISMO APLICADO AL PERIODISMO DE OPINIÓN


Una nueva forma de periodismo de opinión se consolida. Se trata del Mejidismo.

Risto Mejide es, como algunos sabréis, el personaje que se creó un cierto crítico musical o publicista o creativo -o yo que sé- (completamente desconocido hasta ese momento)  para llenar el vacío que las televisiones demandaban.  El rol que se inventó tenía la sinceridad brutal por bandera. Se trataba de no tener pelos en la lengua aunque los comentarios hicieran daño, fueran ofensivos, irreflexivos, radicales, molestaran, crearan tensión, etc.. (Eso era lo que pretendían, de hecho, pues las audiencias son tan corderas que lo valoran bien y las marcas se anuncian más). Todo ello era un precio que merecía la pena pagar a cambio de ser sinceros (no le vamos a quitar ese rasgo al muchacho aunque sea dañino para terceros).
El papel tuvo éxito y otras luminarias de la televisión como Aida Nizar o cualquiera de los contertulios de los programas del corazón lo hicieron suyo llevándolo a grados de perfección en la miseria moral humana difíciles de alcanzar en tiempos de paz. El grado de imbecilidad, parejo a la radicalidad de los mensajes y al daño que causaran (sin ponerse freno por las consecuencias de sus actos), aumentaba a medida que lo demandaban las audiencias, los productores de los programas y las retribuciones.
Los profesionales de tenernos enfadados, al rescate.


Una cierta forma de periodismo de opinión ha decidido subirse a ese carro.
Buen ejemplo de ello es el SOSTRISMO.
Salvador Sostres es un sujeto que ha decidido que el único hilo conductor de sus intervenciones en los medios en los que colabora debe ser generar escándalo, crear polémica, formar bandos, cabrear al personal. No necesita un mensaje coherente, una opinión formada, o una linea editorial. Le basta con que trate el tema que trate sea abordado desde la zafiedad.  Los periódicos en que escribe y las televisiones en cuya palestra opina le contratan precisamente por su asquerosidad y falta de ética. Eso aumenta la audiencia. Luego se excusan tras la libertad de prensa y de expresión, en que no tienen por qué compartir los puntos de vista de sus colaboradores (pero mientras tanto cuentan el dinero) y arreglada la falta de la más mínima ética periodística. Cuando se pone delante del folio en blanco y decide abordar un tema concreto de actualidad brindándonos la maravillosa oportunidad de conocer su opinión se dice: ¿De qué manera puedo provocar arcadas?¿Qué se espera de mi personaje?¿Qué tengo que escribir hoy para que la gente se encienda y los comentarios, posts y respuestas bajo mi texto sean radicales, amenazadores, me insulten, los lectores se enfrenten entre ellos, etc.?. Este "Torrente" de la columna inaugura así un nuevo estilo periodístico. Una nueva forma de amarillismo y sensacionalismo: la repugnancia. Y logra lo que busca. A mí me produce nauseas.
Se trata de un personaje, claro está. Nadie puede ser tan vulgar y patético en realidad. Me imagino al verdadero Salvador Sostres de joven soñando con hacer buen periodismo, pero algo se torció y hay que ganarse la vida. Y esta es una salida mejor que muchas otras al menos en lo económico. Aunque haya que perder el alma en el camino.


Ahora parece que no puede haber un medio de comunicación, un periodico, una cadena de televisión o un programa sin su propio "sincero-agresivo". Por eso a ese carro se suben "blogueros", "comentaristas de la actualidad" y "opinadores" varios. Por ejemplo un tal Quico Alsedo al que "El Pais" cede su prestigio periodístico a cambio de un supuesto contacto más cercano con el público joven (potencial lector futuro) a través de un punto de vista más radical, deslenguado y supuestamente sincero, que no es otra cosa que una pose. Lo mismo hacía Javier Gallego en "Carne Cruda" en RN3. Aunque el estilo y el fondo de armario de ideas fueran otros la verdad es que algo de eso había.



Lo de "no me importa lo que otros opinen o si les molesto" no lo sabe hacer todo el mundo y hay que saber hacerlo. Además, cuando está bien hecho (como por ejemplo cuando lo hace Pérez-Reverte) está al servicio del fondo, de lo que se dice. Hay algo que decir. No es importante en sí mismo sino un añadido al mensaje. Y no es el caso en ninguno de los citados, donde lo importante es la pose de independiente malote, transgresor salvaje, rebelde inadaptado, bad-actitude libre de cadenas..

La sinceridad descarnada es un personaje falto de ética que vende. Y es asqueroso que los medios serios se presten a ello y lo pongan como excusa o incluso bandera a defender bajo la supuesta libertad de expresión. Todos nos damos cuenta de que es un mero truco bandista de marketing para aumentar ventas. Es instintivo, visceral, radicalizador, insulta la inteligencia, apela a lo peor de nosotros: la falta de freno y autolimitación. Soslaya la educación y la consideración hacia los demás, para evitar herirles y hacerles daño sin necesidad presentándolos como valores menores frente a la sinceridad directa y sin pelos en la lengua.